¿Quién es yo?

Hace unos días vi fracasar frente a mis ojos parte de un proyecto de vida. Para mí, fracasar en una de mis épicas es un golpe muy bajo y me ofrezco bastante poca compasión. El rostro de guerrera se vuelve polvo ante una batalla perdida, se repugna a sí mismo e indignado se dice cualquier cantidad de cosas. Es algo doloroso cuando lo está viviendo el personaje pero en lo que uno logra tomar distancia puede ser muy divertido y también me he echado unas buenas risas. Pienso en mi amiga S, en nuestras carcajadas burlándonos de Tronchatoro, Susana, Sabrina, Pollo mojado, Winnie the Pooh... todos rostros de nosotras mismas a los que hemos puesto nombre. Causan muchos problemas cuando toman el control de nuestra vida y definen nuestra identidad, ya sea negándose o afirmándose demasiado.

Hoy al llegar a casa saqué un baúl viejo que me acompaña hace mucho, quería recordar qué había en él. Aunque siempre están las mismas cosas, son muy preciadas e íntimas. Escribir está dentro del baúl y quería hacerlo desde hace tiempo para plasmar algunas reflexiones sobre la construcción de la identidad y de lo que pasa cuando generamos demasiado apego hacia algunos de nuestros propios personajes interiores.

Nuestras heridas tienen inmenso poder para definir nuestra narrativa interior, es decir, la imagen que nos creamos de nosotros mismos y que a menudo proyectamos hacia el exterior. Es nuestra cara visible, no sólo para los demás sino sobre todo para nosotros mismos. El dolor tiene el poder de crear un discurso interior que nos repite sin cesar cómo somos, cómo no somos, cómo debemos ser, qué merecemos y qué no, qué herramientas tenemos y cuáles no...; nos marca límites, nos "protege", nos pone techos y nos conduce en una barquita con frecuencia pobre y estrecha por el anchísimo y vasto mar que es la vida. Decir concientemente "yo soy" o "es que yo no soy" es bello y peligrosísimo. 

Digo que es bello porque es un mecanismo que nuestra psique tiene instalado para proteger y guardar celosamente partes esenciales de nosotros mismos, aquello que brilla por detrás del ego. Es bello porque eso que protege es tan precioso y tan importante que como especie venimos con ese software de creación de personajes integrado al sistema. Pero, aunque éste es un software esencialmente de protección, es posible hackear el sistema y hacer que funcione de un modo más favorable a nuestras vidas.

Dicho de otro modo: todo lo que viene después del "es que yo..." podría generar la pregunta: ¿quién es yo?.

Mientras daba vueltas sobre mi propio eje para ver si empezaba a escribir esto, abrí las apps de costumbre que te distraen de todo lo importante pero que traen también sus sorpresitas. Apenas abro, leo un post que cita a Murakami: "no podemos quedarnos sentados mirando nuestras heridas para siempre", entendí que era impostergable y me dispuse a escribir.

Dejar de estar sentados mirando nuestras heridas es algo muy difícil de hacer, en esencia porque abre una especie de juicio donde serán interrogados todos los personajes de la narrativa interior que están inmensamente cómodos y apoltronados en sus esquinas y con sus roles bien definidos. En mi experiencia, sólo puede lograrse cuando la incomodidad de la herida supera por mucho a la incomodidad del movimiento requerido para salir de allí. La incomodidad de la herida a menudo se manifiesta a través de algo que vemos y que sabemos que queremos pero a lo que no tenemos acceso, es decir, un nivel del videojuego aún bloqueado y en el que genuinamente deseamos participar. Sólo cuando permanecer heridos se hace sencillamente insoportable y se prefiere morir a quedarse en el mismo lugar y seguir siendo así, sólo entonces algo en nuestro interior se mueve. El precio a pagar, el diezmo que nos pide nuestra propia cabeza, es superar el miedo a lo desconocido. Esta es la moneda de cambio.

Mientras podamos soportar ese viejo rostro, mientras estemos a gusto, o peor aún, enamorados de él, de su andar conocido de toda la vida, allí viviremos. Si la resistencia a la transformación, si el miedo a ser otro, si el miedo a sanar, es más grande que el dolor de la herida, se permanece en el viejo rostro doliente hasta que esto cambie. 

Sanarte te convertirá en alguien que no conoces.

Aquí aparece el miedo y la encrucijada: malo conocido o bueno por conocer.

–¡Oye, tu!: ¿quién serías si sintieras que tu padre te ama? ¿quién serías si sintieras que tu madre te ama? ¿quién serías si te sintieras el hombre o la mujer más segura? ¿quién serías si te sintieras el hombre o la mujer más exitosa? ¿quién serías si te sintieras talentosísimo en eso que amas hacer? ¿quién serías si te sintieras guapísimo, si sintieras que tu cuerpo es perfecto y bello, que estás buenaza así como eres? Si no eres el que fracasa en el amorla que no es buena en lo que haceel que no fue amado por su padre, la rechazada por su madreel poco atractivola que debe defenderse del mundoel que nunca es suficiente ¿quién sería si pudiera dejar de ser… yo?

Esto es una posibilidad latente hasta que algo pasa y aparece la verdadera pulsión de cambio. Esto no es en principio una decisión consciente, simplemente se siente. Uno siente cuando está listo para despedirse de las versiones caducas de uno mismo. La decisión consciente sobre la necesidad de transformación viene a posteriori y requiere voluntad, coraje, contención y muchas otras cosas. Pero, el impulso vital que nos lleva a sacudirnos el viejo polvo de encima viene del cuerpo y se siente, en la carne. Diría que es algo similar a la urgencia de vomitar o de respirar cuando falta el aire. Es una urgencia vital.

Después de todo, todo en nuestra existencia aquí en la tierra responde a principios cíclicos. Lo único seguro es que aquí nos movemos todo el rato, si este planeta dejara de moverse, la vida cesaría. De igual modo –porque, como es arriba es abajo– si dentro de nosotros el movimiento se detiene, también la vida lo hace. Entonces, pienso, desprendernos de nuestro yoes amados, sería como ir descartando amadas prendas de ropa que nos han vestido, cubierto y protegido durante tantos años pero que quizá ya no nos sirven. El movimiento debe continuar.

– ¡Gracias abrigo, me has servido todo este tiempo! Ahora parece que no hace tanto frío, te dejaré ir y ¡estrenaré por primera vez un vestido!

Algo más profundo, al interior, nos irá indicando los nuevos yoes que necesitamos a nuestro servicio, con suerte, no tanto para proteger aquello que brilla por detrás de mí, sino para para ser su vehículo de expresión más genuina.


Alma Roffé

Otoño 2024, bcn.



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